giovedì 15 agosto 2013

La reina en el palacio de los corrientes y el aire

Esta casa se me está quedando demasiado grande. Demasiadas habitaciones vacías, demasiados fantasmas.




Ahora, desde el fuerte conquistado, la vida de los otros se percibe diferente. Cuando has estado un par de años muerta, luego es extraño volver a respirar. Y resulta que sigues teniendo las mismas manías, las mismas debilidades. Y resulta que los dolores son los mismos, y los amores también son los mismos.



El Palacio se me está llenando de fantasmas y de gente corriente. La gente corriente es feliz, o asegura que es feliz, mientras habla de su vida perfecta, con pareja estable, hipoteca en propiedad y niños a su cargo. La gente corriente va al cine, a veces al teatro, tiene un perfil de Facebook con su nombre del DNI y no tiene miedo de andar por la calle.

La gente corriente me da mucha envidia y mucho asco.

Son mis empleados, pero también son mis iguales. Humanos como yo, mejores que yo, en cuanto son corrientes, ergo, son felices. Cada vez que alguno de ellos se ha dirigido a mí con respeto, le he pedido que no vuelva a hacerlo. No tengo nada de respetable. En realidad, lo que debería inspirar mi figura es pena. Pena de zombie.

A veces me siento en las escalinatas de Palacio a fumar un cigarro y divago. Porque los humanos –más las humanas– divagamos mucho. Me siento y pienso en los nombres de los caídos en la batalla. También en los desertores. Incluso en los suicidas. Los que aparecieron con las venas abiertas en canal en alguna letrina, los que llegaron a tocar el Palacio, pero para poner una bomba e inmolarse dentro.





Y entonces, de repente, pasa. Los veo acercarse, algunos con sigilo, otros de golpe y porrazo, todos sin avisar. Los veo, os veo, vivos y me recordáis a una vida que existió y que me da que aún existe.



Mis personajes. Mis secundarios imprescindibles. Mis aliados. Mis amigos.



A veces no se trata sólo de esperar: se trata de esperar en el lugar adecuado.



Me equivoqué al pensar que la partida se terminaba cuando el rey caía.



La reina está de pie.



A lo mejor podemos inventarnos una jugada. Una estrategia. A lo mejor, si la reina, aun con el rey estrellado boca abajo, sigue resistiendo, encarando peones, esquivando alfiles, teniendo una causa, a lo mejor, quién sabe, podemos idear una nueva estrategia, un nuevo mate, otra regla. Una regla que resucite al rey, ya sea de golpe o con sigilo, y que haga del tablero un lugar mejor para vivir.



Yo he venido aquí a ganar. Y a veces el mero hecho de que te dejen volver a jugar se parece mucho al triunfo.


giovedì 1 agosto 2013

Subnormal

Queremos comenzar este discurso mandando un cordial y fuerte abrazo a los familiares de las víctimas del terremoto de Gansu. Fin de la cita. Hace unos días, cuando conocimos la noticia de que Valladolid tendría una edil con síndrome de Down, saltó la polémica sobre si esta joven, Ángela Bachiller, era o no apta para ejercer la citada responsabilidad. Ahora, con la comparecencia de Rajoy a propósito del caso Bárcenas, considero que el debate ha de ser si España está preparada para tener un presidente con discapacidad.



Y es curioso, porque ya nos ha pasado otras veces. 


 

Demasiadas veces...

 
 
España, pionera en la integración de los discapacitados en su sociedad, ha de ser un ejemplo en el que el mundo debe mirarse. No sólo damos trabajo a personas con diversidad funcional, sino que permitimos que sean nuestros líderes. Nuestros gurús. Modelos a seguir. Ricos y famosos. Jóvenes y hermosos, como dice la canción.

(Foto fuera de contexto para añadir belleza al cabreo)

El equipo de El Comonunca se felicita de que, cada vez más a menudo, la realidad –esa misma realidad que impidió a Mariano cumplir su programa electoral–, con su tremenda dosis de sarcasmo, barbaridad y desvergüenza, la realidad, ladina y fan del esperpento, nos dé los post hechos.



Fin de la cita.

mercoledì 31 luglio 2013

Amor de mi huida

Olvídate de tener el mundo a tus pies
con los pies en la tierra

Para ver si te quiero quise a ti más que a él, he hecho la prueba de los politonos. La he hecho de madrugada, para desazón de mis vecinos. Primero, poner a berrear al Nokia con la canción que sonaba cuando tú me llamabas, canción que lleva más de tres años sin sonar. A continuación, poner la que sonaba cuando me llamaba él, canción que no llevo contado el tiempo -y me da igual- que lleva sin sonar. El resultado ya lo sabes. Por algo te estoy escribiendo esta entrada a ti.


Cuando te conté que intentaba rehacer mi vida, me dijiste que el amor era ciego, tonto e inevitable. Nunca te gustó la palabra amor. No pasa nada. La cursilería ya la llevaba yo de serie. Qué coño, en realidad no me apetece escribir sobre aquel tiempo a tu lado.


Hubo un tiempo en el que no soportaba seguir viviendo en la misma ciudad que tú. Y me fui. Ya te lo conté. Lo de la huida y eso. Estuve dos años sin deshacer la maleta, y había días que me despertaba sin saber en qué país me encontraba. Amsterdam, París, Madrid, Lisboa, Oporto, Santiago, Vigo, Atenas, Agistri, Barcelona. Todas esas ciudades también te las debo a ti.


A ti te debo el Dadá e, indirectamente, el haber conocido el secreto para cambiar el mundo. Aunque lo andase buscando antes de encontrarte, nunca lo hubiera sabido de haber seguido contigo. Nunca habría visto amanecer en Granada sobre las rodillas del seguramente verdadero Amor de Mi Vida. Nunca habría tenido Malasaña, ni la Boquería, ni La Latina, ni Carlota, ni Sue, ni Nano, ni una escala en Zurich, ni mil fotos de China en un smartphone sin teclado. Nunca habría tenido una hija, ni habría leído 'Caso abierto' en la arena de El Postiguet. Nunca habría sabido que tenía un ángel, porque quizás no habría necesitado tener un ángel. Ni Daniel Higiénico, ni un cumpleaños en el Hydra, ni las alarmas del Cabaret Voltaire en su día libre.


Ahora me alegro de volver a tener una casa. De volver a vivir en la ciudad donde tú vives. Porque cualquier día puedo cruzarme contigo por la calle, eso que antes tanto me aterraba y ahora tanto me ilusiona me da igual. La vez que pasó, temblé demasiado. Ahora creo que ya no temblaría. Está bien que no duelas.


Antes de ser el Amor de Mi Vida, fuiste el colega de mi vida. El maestro de mi vida, el tío al que admirar, de quien aprender, a quien consultar. El puto pedante que veía cine iraní en versión original, que leía tostones de Saramago y escuchaba filarmónicas imposibles que a mí sólo me provocaban sueño. El que no soportaba que yo viera 'Gran Hermano' y 'I love Escassi'. El que estaba de vuelta de todo y no ocultaba que era incapaz de ser fiel a una mujer. Un puto desastre de amigo. El puto desastre de colega por el que cancelé una estúpida boda con un menos estúpido novio de toda la vida. Ni siquiera despegaste los labios cuando el imbécil de mi hermano te lo contó. Porque siempre has sido un gilipollas. Mi gilipollas favorito.


Pero contigo tuve un orgasmo en Atenas. A ver quién supera eso.


Nunca me has insultado, nunca me has puesto la mano encima, nunca me has estafado, nunca me has humillado, nunca me has ignorado y nunca me has destrozado a conciencia. Lo único que hiciste fue ser un adúltero de libro, un cabrón con pintas, y dejar de quererme. Pero querer no es cuestión de voluntad. Sé que lo intentaste. Pero no es cuestión de voluntad. Dejaste de quererme tú antes de que lo hiciera yo, pero no pasa nada. Hace nueve años y un mes que eres el Amor de Mi Vida, y estoy muy orgullosa de que seas tú.


Soy feliz por saberme afortunada de haber vivido contigo.


Cómo mola quererte cuando ya no te quiero.



martedì 30 luglio 2013

Qué bello es el camino a casa

Cuando pasé 45 minutos en la letrina de la trinchera, con las manos abigarradas al estómago y sangrando a borbotones por varios sitios, cuando por fin pude levantarme, tras limpiar las heridas, la sangre y las heces que escupía por los agujeros, comprendí recordé, una vez más, que ese era mi hogar.



El sitio en el que el Amor de Mi Vida me tiraba caramelos de chocolate por encima del hombro. Allí donde encontré a mis mejores amigos, y a mis aliados. Donde me dolió la barriga de reírme y entendí la trascendencia de la palabra surrealista. Donde conocí la capacidad de síntesis y qué hacer para sobrevivir a un terremoto. También conocí el Feldene Flash, el Orfidal, la valeriana. Donde fumamos a escondidas y besamos, también a escondidas, porque en el ejército no se admiten parejas. El ejército diezmado, la trinchera menguante, la que cada semana auguran que desaparecerá, que nos rendiremos, mientras nuestro capitán engulle ositos Haribo, suda y nos recuerda que no estamos muertos. Sólo estamos en minoría, pero no somos muertos. No somos espectros que se creen que están luchando, pero que hace meses perecieron en el combate. Somos una pandilla de humanos. Pero somos los humanos más valientes del mundo.



El Amor de Mi Vida hace tiempo que se ganó su expediente y su expulsión, y no tardé en irme de su mano, y traicionarme. Al poco, fue él quien me traicionó, en concreto con la vecina de arriba, la que dejaba cabellos pelirrojos en mi cama cada vez que tenía ocasión. Pero el ejército me quería, porque soy la mejor. En esto, soy la mejor. En llorar, sentir pena, tropezarme, cagarla, desertar, vomitar, consentir y errar soy bastante buena, pero en el ejército soy la mejor. Allí envejezco y no me importa. No me maquillo y no me importa. Bordeo la ley cada vez que puedo, bien con delitos menores o con pecados capitales, y puedo permitirme el lujo de blasfemar con lo que más amo.



Ingresan aprendices de soldado, algunos están a mi cargo, y monto en cólera cada vez que alguno comete la tropelía de guardarme un respeto. El respeto es puta mierda, les explico. También les enseño a insultar, a despojarse de la vergüenza y a no tener miedo, porque la vergüenza y el miedo nunca son fieles a nadie. Tengo una sólida reputación de mierda forjada a base de propinar golpes al hardware e improperios al software. A veces alguien nombra a los muertos, con cariño o con desprecio, pero sobre todo con cariño, porque los muertos son nuestros y siempre serán compañeros. Duermo al lado de la trinchera del Amor de Mi Vida, pero nunca le he puesto flores. Resisten algunas de sus cosas, pero las cosas no tienen memoria. Yo sí. Yo recuerdo cómo nos mirábamos, camino de las letrinas o en el campamento base, cómo amañamos las guardias para coincidir despiertos las noches de vigilancia, cómo establecimos un código de comunicación dependiendo de las prendas de ropa que lleváramos encima. No hay nostalgia, porque ahora es otra vida. En el ejército quedan cabos quemados, coroneles tristes, soldados rasos que van pidiendo el traslado, la medalla, la baja por decepción. Todos llevan demasiado tiempo, o demasiado poco tiempo. Sólo una pieza se permitió el lujo de largarse y luego recorrer la alfombra roja para volver con honores y con vítores.



Y esa pieza soy yo. 



Cuando descansamos, cuando hay treguas, la trinchera se apaga y brilla el aburrimiento, Los excesivos periodos de paz hastían, porque la mente está hecha al combate. Los que tienen otra vida lo agradecen, pero yo hace tiempo que dejé de recibir cartas. Entonces me cabreo, anhelo que estalle otra batalla, porque en combate soy la mejor, pero en la paz soy algo inútil. A veces recuerdo que tengo dos hijos y un tercero en camino que reclama mi atención, pero hace tiempo que se me gastó la leche y las ganas de cuidar a nadie. Tampoco nadie se esmera en cuidarme a mí.



Moriré en trinchera y ya tengo dicho cómo quiero el comunicado. A color y con una foto sonriente, nada de dramas. Tengo un lugar en el mundo al que no digo que no vaya a traicionar, porque ya traicioné, abandoné, escupí y negué en todos los idiomas que conozco. A veces se me olvida que no soy más que un peón y juego a que soy la reina. La que tiene todo el poder. La que sólo se esfuerza en seguir de pie, porque el rey hace mucho tiempo que se estrelló contra el tablero. Yo soy la reina y sigo mi partida, y a veces se me antoja que sí puede ser que estemos todos muertos, que esto sea tan sólo una agonía, un espejismo, una irrealidad que vemos cuatro, los cuatro que nos empeñamos en seguir cogiendo las armas, aunque acabemos disparando sobre nosotros mismos.



No tengo alegría, chispazos ni motivación. No estoy bien. Pero qué bien sienta estar en casa.

lunedì 15 luglio 2013

Los hombres de mi vida

Yo creí que éramos el fuego, pero no: era que ardíamos. 
@LorenzoKraus

P., mi P. primigenio, el mismo con el que me puse contenta en el Barrio Gótico de Barcelona abonando los cubatas con dinero público, me lo decía estaba mañana.

- Se trata de sobrevivir, Lari. De sobrevivir.
- Sobrevivir es una mierda, P. -alego y, como de costumbre, llevo razón-. Sobrevivir es asqueroso, es vomitivo. Es secundario.
- O no -apostilla el que fuera un príncipe y ahora es casi un escombro de sí mismo-. Si te das cuenta, es sobre-vivir. SOBRE-VIVIR. Sobre, por encima de vivir. ¿Ves?
- Si es que en el fondo eres un poeta....


Mi ángel, que me salvó, se murió y resucitó para volver a salvarme, lo señalaba en una de nuestras místicas conversaciones sin voz, días antes de morirse otra vez.

- Yo no puedo estar siempre, pequeño saltamontes -apuntaba y resulta que es verdad-. Te enseñé a hacerlo, no se te puede estar olvidando siempre. Eres muy tontica -esto también es verdad-, mucho. Ahora toca dar carpetazo. Y quemar la carpeta.
- Gracias...
- A mí no me des las gracias, me obliga nuestra religión.


R., a quien no me follé nunca, me acerca en su coche a la trinchera y me habla de las bajas de la última batalla. Veo de lejos a un soldado del bando enemigo que montó el Amor de Mi Vida, pero no le digo que él fue el Amor de Mi Vida y que, probablemente, lo siga siendo. R. es la causa por la que mi amiga L. tuvo que dejar la ciudad precipitadamente, tras admitir, en una de las confesiones públicas y colectivas a las que también le obligaba su religión, el Opus Dei, que bebía los vientos por ese humano, casado a los ojos de Dios y con dos descendientes en su libro de familia. A L. la exiliaron y me la quitaron por amor, el suyo, pero hoy R. me ha acercado en su coche a la trinchera. Me gusta el colegueo antiguo con alguien a quien conozco trece años y que jamás me ha besado en la boca. No por falta de ganas.

- Es que, quien vale, vale -considera mi amigo que no es mi amigo, entre semáforo y semáforo-. Tú no has caído en la limpia por eso. Porque vales.
- No lo tengo yo tan claro, R.
- Vales.


Desde que E. me besó en la boca, sólo sé beber Santa Teresa con Coca-Cola, y pido uno en el bar donde me besó por primera vez, y cuento a mi respetable público cómo me besó por primera vez. A., que también quisiera ser besada por E., me aplaude, se lleva una mano a la cabeza, me aplaude otra vez, sonríe, me envidia, me regala el oído. Yo también me lo regalo. En voz alta. Es justo y necesario.

- … y por eso, a veces pienso: tengo que valer algo por cojones, porque E. me besó en la boca. Aunque haya besado a cien mil tías en cien mil ciudades distintas del globo, una de esas tías he sido yo. Entonces tengo que valer. Porque E. no besa a cualquiera. Ya sabes. E.
- Qué fuerte, tía, cómo molas, joder, tía, qué fuerte.
- Pues la verdad es que sí.


Llega carta desde China y el matasellos está sellado en 1992. La paradoja de lo efímero y lo eterno somos nosotros. Miro grafías en un idioma que no conozco y sonrío por inercia. Sé el secreto para cambiar el mundo, y no pasa por salvar a nadie. No se pueden imponer las salvaciones, no a quien no quiere ser salvado. El Seguramente Verdadero Amor de Mi Vida triunfa y yo me hago eco de su triunfo como planeamos cuando lo sabíamos todo, esto es, cuando teníamos 11 años. Ahora ya apenas sabemos nada, pero de vez en cuando nos acordamos de que sabemos el secreto para cambiar el mundo. Lo verbalizamos juntos en un kebab a las cuatro de la mañana, y luego me amaneció sobre sus rodillas, y el mundo era perfecto y estaba en orden. A nadie le gusta coger autobuses llorando, pero, en nuestro caso, cogerlos significa que hemos vuelto a ganar en todo. Efímero. Y eterno.


El Amor de Mi Vida no me quiere y yo fantaseo con cruzármelo en todas las esquinas de la ciudad. Quiero contarle que me enamoré de otro hombre que tampoco me quiere, y que la culpa la tiene él, por dejar de quererme en 2010. Quiero recordarle que, en caso de que vuelva a quererme, mantengo lo dicho en aquel correo en el que le mandé mi dignidad como archivo adjunto, y que volvería a quererle con todas mis fuerzas, aunque cada vez me queden menos. Quiero complicarme la vida, porque hace demasiados meses que ya no lloro por él, aunque hubo un tiempo en que no sabía dejar de hacerlo. Quiero contarle que sale en un libro que es el spin-off del libro que siempre me insistió en leer, pero que jamás le pasé, porque vale más que él mismo. Quiero pasarle mi dirección, para que venga a casa, en el caso de que algún día quiera tener otra casa. Quiero comentarle que es factible seguir queriéndolo sin tenerlo en primer plano. Sin prácticamente acordarme de que lo quiero.



Y, al final, estoy sola, fumando compulsivamente, comiendo de microondas, en pijama, y la única voz de hombre que suena en casa es la de Horatio Caine en la tele. Qué pena más grande das, Larisa Otero o como te dé la gana de llamarte. Qué asco, qué podredumbre y qué bendición.

sabato 13 luglio 2013

Ruth y el luto riguroso

A veces entro en Twitter y recupero la fe en el género humano:



Pero luego veo en los pasillos del Congreso a un periodista y se me pasa. Es que a veces los periodistas no tienen corazón. Personalmente, me avergonzaría pertenecer a ese gremio. Menos mal que yo soy ministro del Partido Popular. Lo digo por esto:
 


Ayer, Viernes, momentos antes de conocer el veredicto del jurado popular sobre el caso Bretón –veredicto que ya había filtrado el ABC y profetizado mi amigo Paco Marhuenda hace meses–, mi equipo de asesores y yo nos reunimos en mi despacho de Atocha para seguir el minuto a minuto de tan esperada resolución, mientras unos comíamos palomitas y otros contaban sobres. Y, de repente, la reportera de Telecinco dijo esto:


"Ruth Ortiz está en la sala y viste de luto riguroso"

 



Minutos después la vi:
 

(Luto riguroso)

Como no podía ser de otra manera, José Luis y yo consultamos a nuestro comité de expertos, comité formado por Mai Meneses, dos twitteros con síndrome de Tourette, Koldo de 'Gran Hermano 1' y Gaspar Llamazares. Gaspar siempre me ha inspirado una especial simpatía, ya que, pese a autodefinirse como rojo, es millonario, igual que yo. Tras arduas deliberaciones, mi comité también emitió su veredicto.


Igual que en su momento analizamos la pose de Kate McCann...



... y tardamos cero coma en deducir –de hecho, hasta nuestra mascota, Wert, un koala con síndrome de Down lo dedujo– que una mujer destrozada por la incertidumbre y el dolor del extravío de su cría no pierde el tiempo en hacerse un lazo en la cabeza...


 (Ojocuidao)

Dejando a un lado tu pronta intervención en 'Espejo público' apenas unas horas después del veredicto, ahora te comento, Ruth Ortiz, así, entre tú y yo.


Una mujer destrozada no se pinta las uñas de los pies.



Tú y yo lo sabemos. Ay, Ruth.

 


mercoledì 5 giugno 2013

The best place for business

Estaba yo ante mi fantástico Mac viendo porno la web de 'Gran Hermano' los periódicos digitales, como hombre informado del siglo XXI que soy, cuando, en-de-repente, al abrir la sección de Economía de un conocido diario español, me topé con este banner:



Voy a acercar y concretar, por si acaso hay andaluces y/o mujeres entre nosotros:



"Invest in Extremadura. The best place for business". Esto es: "Invierta dinero en Extremadura. El mejor lugar para los negocios". Evidentemente, mi mente se teletransportó aquí:




("Zoofilia. The best place for business")

Y aquí:



 ("Puerto Hurraco. The best place for business") 

Cómo me gusta, realidad, cuando me das los post hechos.


lunedì 3 giugno 2013

Cinco años y un día. La condena

Y mi propósito de esta semana será ser feliz 
diez minutos seguidos
@miriammillan 

Cinco años y un día. En verdad parece una condena. Cinco años y un día desde que los efluvios de Baco (qué cursi te ha quedado eso, hija mía, "los efluvios de Baco", no puedes decir simplemente "la borrachera", "la melopea", "el pedo", que es lo que básicamente llevabas encima, en fin, sigue, criatura) me empujaron sin mesura a tus brazos y tú no sólo no te apartaste, sino que te dejaste hacer. Yo era Niña y tú eras Vida. No importaba nada más. Ni la vida verdadera, en barbecho y con la tregua, ni la sangre a borbotones, ni las cinco de la tarde, ni la metástasis. No importaba nada, porque tú en unas horas cogerías un avión y dejaríamos de existir, y lo sabíamos.



Y todo volvió a su estado natural, tú bien, yo mal, tú risas, yo dolor, como dice la canción. Al día siguiente le lloré tanto al Amor de Mi Vida que tuvo que intuir que te quería, aunque mi boca te negase más veces que dientes me quedan en ella. Cinco años y un día. Cinco años y un día desde que crucé la pasarela, y no hicieron falta aplausos ni vítores ni instantáneas. Me aferré al tacto de tu cintura y tú al de mi culo, porque los seres humanos sí tenemos tacto. Ni tú ni yo habíamos pasado todavía por el quirófano y, a día de hoy, te sigo queriendo por encima de mis posibilidades. Y los dos hemos escrito ya varios libros que hablan de eso.

Si una vez fui capaz de permanecer quieta en esa terraza de Atocha sabiendo que en minutos bajarías del AVE, si fui cabal y controlé mi psicopatía, creo que seguiré siendo capaz de no acosarte quizás durante cinco años y un día más. Debo de ser demasiado subnormal, o amarte demasiado, porque, con la que está cayendo, me basta con tu sonrisa. Sonríes, todo va bien. En qué pedazo de cursi de mierda me estás convirtiendo...



Te mentí cuando te dije que no te vería más en lo que me quedaba de Vida y, cuando te volví a ver, sudé tanto y tan fuerte que se derritieron los árboles del Retiro, aunque hubiera pingüinos de atrezzo. En cinco días tenemos una cita y podría contártelo todo. Relaciones fallidas, relaciones estúpidas, las veces que me morí, el ángel que me tocó, las preguntas que me aseguraste que cambiaban siempre, y que por eso eran eternas. Evidentemente, no te diré nada. Te quiero tanto que se me quedan pequeñas todas las hipérboles, todas las metáforas. Te quiero tanto que jamás has dolido. Aunque sigas perdido entre aviones, entre canciones y carreteras, como dice la canción. Cinco años y un día, y nadie podrá negarme que, al ganar en lo tuyo, he ganado en todo.

Soy consciente de que un día me moriré, no creas que me asusta. Pero me moriré repitiendo en bucle que yo te besé en la boca. A ver cuántos de vosotros, pedazos de humanos, a ver cuántos podéis moriros presumiendo de semejante epopeya. Rabiad de envidia.