Ahora, desde el fuerte conquistado, la vida de los otros se percibe diferente. Cuando has estado un par de años muerta, luego es extraño volver a respirar. Y resulta que sigues teniendo las mismas manías, las mismas debilidades. Y resulta que los dolores son los mismos, y los amores también son los mismos.
El Palacio se me está llenando de fantasmas y de gente corriente. La gente corriente es feliz, o asegura que es feliz, mientras habla de su vida perfecta, con pareja estable, hipoteca en propiedad y niños a su cargo. La gente corriente va al cine, a veces al teatro, tiene un perfil de Facebook con su nombre del DNI y no tiene miedo de andar por la calle.
La gente corriente me da mucha envidia y mucho asco.
Son mis empleados, pero también son mis iguales. Humanos como yo, mejores que yo, en cuanto son corrientes, ergo, son felices. Cada vez que alguno de ellos se ha dirigido a mí con respeto, le he pedido que no vuelva a hacerlo. No tengo nada de respetable. En realidad, lo que debería inspirar mi figura es pena. Pena de zombie.
A veces me siento en las escalinatas de Palacio a fumar un cigarro y divago. Porque los humanos –más las humanas– divagamos mucho. Me siento y pienso en los nombres de los caídos en la batalla. También en los desertores. Incluso en los suicidas. Los que aparecieron con las venas abiertas en canal en alguna letrina, los que llegaron a tocar el Palacio, pero para poner una bomba e inmolarse dentro.
Y entonces, de repente, pasa. Los veo acercarse, algunos con sigilo, otros de golpe y porrazo, todos sin avisar. Los veo, os veo, vivos y me recordáis a una vida que existió y que me da que aún existe.
Mis personajes. Mis secundarios imprescindibles. Mis aliados. Mis amigos.
Me equivoqué al pensar que la partida se terminaba cuando el rey caía.
La reina está de pie.
Yo he venido aquí a ganar. Y a veces el mero hecho de que te dejen volver a jugar se parece mucho al triunfo.










10 commenti:
En los remotos e inexplorados confines del arcaico extremo occidental de la espiral de la galaxia, brilla un pequeño y despreciable sol amarillento.
En su órbita, a una distancia aproximada de ciento cincuenta millones de kilómetros, gira un pequeño planeta totalmente insignificante de color azul verdoso cuyos pobladores, descendientes de los simios, son tan asombrosamente primitivos que aún creen que los relojes de lectura directa son de muy buen gusto.
Este planeta tiene, o mejor dicho, tenía el problema siguiente: la mayoría de sus habitantes eran infelices durante casi todo el tiempo. Muchas soluciones se sugirieron para tal problema, pero la mayor parte de ellas se referían principalmente a los movimientos de pequeños trozos de papel verde; cosa extraña, ya que los pequeños trozos de papel verde no eran precisamente quienes se sentían infelices.
De manera que persistió el problema; muchos eran humildes y la mayoría se consideraban miserables, incluso los que poseían relojes de lectura directa.
Cada vez eran más los que pensaban que, en primer lugar, habían cometido un gran error al bajar de los árboles. Y algunos afirmaban que lo de los árboles había sido una equivocación, y que nadie debería haber salido de los mares.
Y entonces, un jueves, casi dos mil años después de que clavaran a un hombre a un madero por decir que, para variar, sería estupendo ser bueno con los demás, una muchacha que se sentaba sola en un pequeño café de... comprendió de pronto lo que había ido mal durante todo el tiempo, y descubrió el medio por el que el mundo podría convertirse en un lugar tranquilo y feliz. Esta vez era cierto, daría resultado y no habría que clavar a nadie a ningún sitio.
Lamentablemente, sin embargo, antes de que pudiera llamar por teléfono para contárselo a alguien, ocurrió una catástrofe terrible y estúpida y la idea se perdió para siempre.
Esta no es la historia de la muchacha.
Sino la de aquella catástrofe terrible y estúpida, y la de algunas de sus consecuencias.
Guía del autoestopista galáctico. Douglas Adams
Abraçada!
He vuelto a jugar con aquellos niños a los que enseñé tiempotiempotiempo ha.
Y ahora soy incapaz de ganar una partida, pero sonrío cuando pierdo...necesitaré algún tratamiento?
Así es, seguir jugando después de una derrota es un triunfo, y la vida es la suma de todos esos pequeños triunfos. La partida se acaba cuando la pieza que uno interpreta muere, nunca antes, por mucho que vayan cayendo otras aunque las consideremos indispensables. Nadie lo es.
Y si cae el rey... bueno, ya sabes, a rey muerto, rey puesto.
A seguir jugando y a disfrutar haciéndolo, que ésa es la verdadera victoria.
Un abrazo
¡Qué bien escribes, condenada!
mariajesus tiene razón.
No me siento digna de dirigirme a ti.
Qué te voy a decir, más que bobadas corrientes...
Mejor sigue tu.
Ganar?
Sí que es cierto, que lo importante es participar, y si lo haces con ganas y te dejan... se parece a ganar, verdad!! Con suficiente resignación siempre se puede buscar un parecido razonable...
Yo soy más bien de las que se dejan ganar,no sé qué es el triunfo, no tengo metas... pero ¡basta de hablar de mi!
En la peli "Gente corriente" de Robert Retford, se habla de gente que vista desde fuera parece corriente y en realidad lo es, porque, lo corriente es que, de cerca, nadie es normal.
No sé si existe gente corriente y gente que no lo es. Creo que sólo hay dos grupos: los que buscan cómo ser felices y lo intentan (con final feliz o no) y los que funcionan sin más (con final feliz o no).
Creo que poco tiene que ver el método: nombres, hijos, hipotecas... Si tuviera que ver con eso sería mucho más sencillo: meterse de cabeza o huir lo más lejos posible. Y no. No nos funciona. La felicidad a medida es más complicada, pero ahí vamos, sí o qué.
La vida me fue enseñando que no venimos a ganar ni a perder, jugamos con las cartas que tenemos; en ocasiones nos marcamos un farol y otras veces vamos resistiendo que no es poco.
Saludos
Quien dijo que lo importante es participar seguro que era un perdedor.
Conformarse con querer jugar no es suficiente, porque la vida, al final, es un juego; y aunque en el podio estén tres, el único ganador es la medalla de oro.
A por ella.
Si la reina está en pie, sigue habiendo partida.
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