Si la experiencia es lo que somos, la intuición es lo que podemos llegar a ser.
Y si te he intuido bien, algún día yo podré estar contigo.
Risto Mejide.
Desprecio con todo mi corazón a la gente que comete la tropelía de vulgarizar lo extraordinario. Personas que eligen al amor de su vida, lo cortejan, lo maduran y optan por levantarse a su lado todos los días, haciendo del mero hecho de verse, y hasta del acto de tocarse o darse un beso, un acontecimiento mecánico, rutinario, carente de emoción y de ambrosía. Lo mismo me pasa con las ciudades. Carlota me preguntaba la otra noche, sin alcohol de por medio, por qué coño no me he ido todavía a vivir a Atenas, si llevo un cuarto de siglo berreando por amanecer debajo de la colina sagrada del Partenón y el Erecteion de las revelaciones más acojonantes. La respuesta es simple como el mecanismo de un chupete: por no estropear lo extraordinario. Porque mirar a la Acrópolis todos los días y todas las noches dejaría de ser épico. Porque nadie que escala el Everest se queda luego en la cima treinta años a regocijarse con el triunfo obtenido. Porque la paradoja de lo efimero y lo eterno, esa que no termino de teorizar, es la que guía mis teorías y seguramente mis cada vez más escasas certezas. Porque creo en el destello, el reconcomio, el valor de lo extraordinario.
(Extraordinario)
Y verte es extraordinario. Como quererte por encima de mis posibilidades es extraordinario.
Todo lo que querría haberte dicho ya lo habías dicho tú. Ahora es cuando desfilan por el post tropecientos epítetos innecesarios que hablan de tus ojos, de tus dientes, de los pliegues que se te forman en las comisuras de la boca, del sudor que me chorreaba por la vagina los antebrazos y de la cantidad de gente retrasada que pulula por Madrid, gente que no sólo no merece ser salvada, sino que se ve que un día empeñó el criterio por un puñado de francos suizos y un mechón de la melena de Mario Vaquerizo.
Pero me ahorré los epítetos, porque quererte -de este modo absurdo, enfermizo y redentor- me afecta al lóbulo occipital y me silencia. Vamos, que me he quedado gilipollas, más.
("¡Estupendo!")
Sospecho que voy a pasarme la década noche jugando a encontrar las siete diferencias entre...
- Hasta otra.
- ¿Otra? No habrá otra, no pienso verte más en lo que me quede de vida.
... y
- Espero que nos volvamos a encontrar.
- Y yo...
Pero eso lo disecciono, manipulo, contamino, barrunto y disfruto mañana, que ahora nos bajamos a la torre de Bankia a incitar a la desobediencia civil estoy en ordenador ajeno -y es un buen ordenador, bonico y manso- y, además, ahora nos bajamos a la torre de Bankia, a incitar a la desobediencia civil.
No te he preguntado si eres feliz. En este caso, preferiré dar por hecho que lo eres. Porque, de lo contrario, no me quedaría otro remedio que matar gente por la causa, y siempre pensé que me detendrían por gritarle "guapa" a Esperanza Aguirre, no por matar gente en el Retiro. Pero tienes pinta de ser feliz, y me quedaré con eso. El auto-engaño y la imaginación son asignaturas en las que saqué sobresaliente.
No te he dicho que gracias. Se me da mejor soñar escribir que hablar. Delante de ti soy más torpe, idiota y vulgar que de costumbre, y mira que es difícil. Por eso no te he dicho que el mundo es más bonito desde que sé que brilla por tu causa, ni te he dicho que hace años que acepté quererte con la demencia que eso implicaba y no me arrepiento, ni te he dicho que eres el único ser humano al que una vez elegí antes que al Amor de Mi Vida. No te lo he dicho porque no te importa, porque no te afecta y porque no te duele. Aquí tienes mi flaqueza. Otra bendición. Lo dicho, lo extraordinario. Pero eso tampoco te lo he dicho.
Aunque, por otro lado, me alegro de no haberte dicho nada de esto. Mejor así. Quien ama mucho habla poco, dicen que dijo un filósofo griego que plagiaba a su maestro a cuyo busto nunca le he hecho fotos. Se me acumulan los sentires y, pese a tener un novio muerto y enterrado en París, y un ex novio con el que volveré volvería en cuanto a él le dé diera la gana, te quiero a bocajarro. No te he dicho de la misa la media, pero te lo voy a demostrar. No sé si tendré que patentar un invento, amañar otro casting, escribir un libro o salvar el mundo para volver a verte.
Pero me queda un último cartucho. Y es de dinamita.































































