Imagina la hipotética situación. Tú estás en un hospital, donde tu pareja permanece ingresada en estado de coma. Los médicos no son demasiado optimistas y te aconsejan que te pongas en lo peor. Un día te proponen desconectar a tu pareja. Se halla en estado vegetal y poco más se puede hacer, más que mantenerla conectada a una máquina. Te empiezas a hacer la idea. Desconectar será dudo, pero alargar una agonía de final irreversible lo es aún más. Tratas de mentalizarte y asumir la pérdida, llega a pasársete por la cabeza qué llevarás en el funeral. Y, cuando estás a punto de firmar la sentencia, el consentimiento, la eutanasia por compasión, cuando ya tienes el certificado delante y el boli en la mano, un galeno entra en el cuarto y te grita que no lo hagas. Hemos conseguido reanimarlo, te anuncia. No firmes nada. Vivirá.
Y entonces respiras y el mundo se recompone durante un momento. Vas a la habitación de tu pareja y observas que el color ha vuelto a sus mejillas. Está mejor, hasta te parece que sonríe. Pasas la noche a su lado, acaricias su mano y empiezas a hacerte a la idea de que todo está bien. Hasta el día siguiente.
Al día siguiente, estás en un hospital, donde tu pareja permanece ingresada en estado de coma. Los médicos no son demasiado optimistas y te aconsejan que te pongas en lo peor. Un día te proponen desconectar a tu pareja. Se halla en estado vegetal y poco más se puede hacer, más que mantenerla conectada a una máquina. Te empiezas a hacer la idea. Desconectar será dudo, pero alargar una agonía de final irreversible lo es aún más. Tratas de mentalizarte y asumir la pérdida, llega a pasársete por la cabeza qué llevarás en el funeral. Y, cuando estás a punto de firmar la sentencia, el consentimiento, la eutanasia por compasión, cuando ya tienes el certificado delante y el boli en la mano, un galeno entra en el cuarto y te grita que no lo hagas. Hemos conseguido reanimarlo, te anuncia. No firmes nada. Vivirá.
Y entonces respiras y el mundo se recompone durante un momento. Vas a la habitación de tu pareja y observas que el color ha vuelto a sus mejillas. Está mejor, hasta te parece que sonríe. Pasas la noche a su lado, acaricias su mano y empiezas a hacerte a la idea de que todo está bien. Hasta el día siguiente.
Al día siguiente, estás en un hospital, donde tu pareja permanece ingresada en estado de coma. Los médicos no son demasiado optimistas y te aconsejan que te pongas en lo peor. Un día te proponen desconectar a tu pareja. Se halla en estado vegetal y poco más se puede hacer, más que mantenerla conectada a una máquina. Te empiezas a hacer la idea. Desconectar será dudo, pero alargar una agonía de final irreversible lo es aún más. Tratas de mentalizarte y asumir la pérdida, llega a pasársete por la cabeza qué llevarás en el funeral. Y, cuando estás a punto de firmar la sentencia, el consentimiento, la eutanasia por compasión, cuando ya tienes el certificado delante y el boli en la mano, un galeno entra en el cuarto y te grita que no lo hagas. Hemos conseguido reanimarlo, te anuncia. No firmes nada. Vivirá.
Y entonces respiras y el mundo se recompone durante un momento. Vas a la habitación de tu pareja y observas que el color ha vuelto a sus mejillas. Está mejor, hasta te parece que sonríe. Pasas la noche a su lado, acaricias su mano y empiezas a hacerte a la idea de que todo está bien. Hasta el día siguiente.
Al día siguiente, estás en un hospital, donde tu pareja permanece ingresada en estado de coma. Los médicos no son demasiado optimistas y te aconsejan que te pongas en lo peor. Un día te proponen desconectar a tu pareja. Se halla en estado vegetal y poco más se puede hacer, más que mantenerla conectada a una máquina. Te empiezas a hacer la idea. Desconectar será dudo, pero alargar una agonía de final irreversible lo es aún más. Tratas de mentalizarte y asumir la pérdida, llega a pasársete por la cabeza qué llevarás en el funeral. Y, cuando estás a punto de firmar la sentencia, el consentimiento, la eutanasia por compasión, cuando ya tienes el certificado delante y el boli en la mano, un galeno entra en el cuarto y te grita que no lo hagas. Hemos conseguido reanimarlo, te anuncia. No firmes nada. Vivirá.
Esa noche tú misma asfixias a tu pareja con la almohada.
9 commenti:
Una lógica perfecta.
Chuck Palahniuk podría haber escrito esto. :)
Me encanta
Tras tratar sin éxito de suicidar al galeno ;)
Es la reacción lógica. Aunque, para ser sincera, ya tendría tres vestiditos negros más en mi armario. Podría estar así la vida entera. De hecho es lo que hago. Aún no he asesinado a nadie, pero todo se andará.
Para-bolas las que nos cuentas.
Hahaha, estoy con Maria Jesús.
Me gusta.
jajajajajajajajajaaaaaa
buenísimo!!!!!
Evocador, he llegado de casualidad y me ha encantado.
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